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Lengua de signos para bebés: ¿a qué edad y cómo empezar?

Illustration de mains d'adulte et de bébé formant des gestes de langue des signes bébé — Treelys®

El lenguaje de signos para bebés consiste en asociar un gesto sencillo a una palabra cotidiana, desde que el niño empieza a usar las manos voluntariamente. Se puede comenzar entre los 6 y los 8 meses, y los primeros signos realizados por el niño suelen aparecer entre los 8 y los 12 meses. No es un lenguaje independiente: es un apoyo temporal hacia el habla.

¿De qué hablamos exactamente?

El término engloba una práctica concreta. Los padres toman prestados algunos signos de la lengua de signos francesa, la LSF, y los utilizan mientras hablan con normalidad. El gesto acompaña a la palabra, nunca la sustituye.

Esta práctica recibe varios nombres según el país y los autores: signos asociados al habla, comunicación gestual asociada al habla o baby signing en el mundo anglófono. En Francia, la denominación más habitual sigue siendo «lenguaje de signos para bebés».

Por tanto, no se trata de aprender la LSF, que es una lengua completa con su propia gramática y sintaxis. Se toma prestado un vocabulario limitado, de diez a treinta signos, centrado en las necesidades concretas del niño.

¿A qué edad empezar con el lenguaje de signos para bebés?

Puede introducir los primeros signos entre los 6 y los 8 meses. El niño no los reproducirá de inmediato: primero debe observar y después coordinar las manos. Las primeras reproducciones suelen llegar entre los 8 y los 12 meses, a veces más tarde, y esta diferencia es normal.

Este calendario sigue una lógica motora. El control voluntario de la mano precede al control fino del aparato vocal. Un niño sabe agarrar, soltar y golpear dos objetos entre sí mucho antes de pronunciar una palabra articulada.

Esta maduración de la mano se describe en nuestro artículo sobre la prensión y la edad a la que el bebé agarra los objetos. Para hacer signos es necesario que esta etapa ya haya comenzado.

El signo que precede a la palabra

Alrededor de los nueve meses aparece un gesto que todos los padres conocen: el niño señala con el dedo. Es un hito importante de la comunicación, anterior al habla. Le hemos dedicado un artículo completo sobre el señalamiento y su significado.

Hacer signos prolonga esta intención de forma natural. El niño ya dispone de un canal gestual activo. Simplemente se le ofrece más vocabulario en ese canal, mientras el habla toma el relevo.

Lo que dice la investigación y lo que no dice

Los estudios disponibles coinciden en un punto: hacer signos con un bebé no retrasa la aparición del habla. Es el temor más frecuente de los padres, pero no está respaldado por la evidencia.

En cambio, los resultados sobre los beneficios son más matizados de lo que suele leerse. Una revisión sistemática publicada en la revista First Language en 2014 examinó estudios realizados con niños oyentes menores de 36 meses. No encontró pruebas sólidas de una ventaja duradera en el vocabulario ni ningún efecto adverso sobre el desarrollo del lenguaje.

Los escasos beneficios medidos en los estudios de la década de 2000 desaparecían después de los 24 meses. No se encontraba ninguna diferencia durante el tercer año. Los autores concluyen que no hay razones para recomendar esta práctica a gran escala, pero tampoco para disuadir a los padres que desean utilizarla.

Lo que aparece de forma más constante está relacionado con la interacción. Los padres que hacen signos miran más a su hijo, hablan más despacio, repiten y esperan una respuesta. Y es precisamente esta calidad del intercambio la que favorece el lenguaje, como explicamos en nuestro artículo sobre la importancia de hablar con el niño desde el nacimiento.

En otras palabras, el beneficio probablemente se deba menos a los gestos en sí que a la actitud que exigen del adulto. Es una razón suficiente para interesarse por la práctica, siempre que no se espere de ella un efecto espectacular.

Con qué signos empezar

Elija palabras con las que el niño se encuentre varias veces al día. Un signo utilizado una vez por semana no se consolida. La frecuencia importa más que la cantidad.

  • Comer y beber: están presentes en cada comida y son fáciles de repetir.
  • Más: el más útil de todos; reduce muchas frustraciones.
  • Se acabó o terminado: permite al niño indicar que quiere levantarse de la mesa.
  • Dormir: asociado al ritual de acostarse.
  • Objeto de apego: el objeto reconfortante, a menudo el primer signo que reproduce el niño.
  • Baño: un momento cotidiano y muy estructurado.

De tres a cinco signos son suficientes para empezar. Añada otros cuando los primeros estén consolidados. Una lista demasiado larga desanima al adulto antes que al niño.

Cómo hacerlo en la práctica

El método se basa en unas pocas reglas sencillas. Colóquese frente al niño, a su altura, en un momento tranquilo. Diga la palabra y haga el signo al mismo tiempo, sin exagerar.

Repítalo en cada ocasión real, nunca como un ejercicio. Si el niño hace un gesto aproximado, acéptelo: su mano aún no tiene la precisión de la suya. Después, reformule con el signo exacto, sin corregirlo.

La imitación hace el resto del trabajo. Es uno de los grandes motores del aprendizaje durante esta etapa, como explica en detalle nuestro artículo sobre la imitación y el aprendizaje mediante la observación.

Dónde y cuándo hacer signos durante el día

Los momentos más eficaces son aquellos en los que el adulto y el niño están frente a frente, sin pantallas ni distracciones. La comida, el cambio de pañal, el baño y el tiempo de juego en el suelo cumplen esta condición.

El suelo sigue siendo la posición más favorable para un intercambio gestual. El niño está estable, tiene las manos libres y el rostro del adulto queda a su alcance. Una alfombra de actividades firme y de gran superficie facilita estos momentos de intercambio sin limitaciones.

Muchos padres organizan este momento de una forma poco adecuada sin darse cuenta. Nuestro artículo sobre los errores frecuentes relacionados con la alfombra de actividades recoge las configuraciones que dificultan la interacción.

Los límites que conviene conocer

Hacer signos no se adapta a todas las familias, y no pasa nada. A algunos padres la práctica les parece artificial; otros no perciben ningún beneficio. No hay ninguna obligación de continuar.

Hay dos aspectos que merecen atención. En primer lugar, la coherencia: si solo un adulto hace signos y los demás no lo siguen, el niño recibe una señal inestable. En segundo lugar, el abandono progresivo: los signos deben desaparecer por sí solos a medida que aparecen las palabras.

Por último, hacer signos nunca sustituye la opinión de un profesional. Si le preocupa el lenguaje, hable con el médico que atiende al niño. Nuestro artículo sobre el desarrollo del lenguaje de 0 a 3 años recuerda los hitos habituales y las señales que no deben ignorarse.

Hacer signos y comprender: lo que ocurre en segundo plano

Para que un signo tenga sentido, el niño debe relacionar un gesto con algo que está ausente. Esta capacidad se basa en una adquisición cognitiva concreta: saber que un objeto sigue existiendo aunque no esté a la vista. Se desarrolla durante la segunda mitad del primer año.

Describimos esta etapa en nuestro artículo sobre la permanencia del objeto. Un niño que la domina está preparado para comprender que un movimiento de la mano señala el biberón guardado en el armario.

Por eso también la práctica desaparece por sí sola. Cuando la palabra se vuelve más rápida y precisa que el gesto, el niño elige la palabra. El signo ha cumplido su función: tender un puente.

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